Sinfonía

sinfonía

Cambiarán los tiempos verbales. El cierzo se llevará la cordura. Las pieles serán mapas. Los ojos tornarán al color del plomo. Las noches atropellarán los días. Los bosques se harán pan. Se calentará el corazón a ratos. Las aves se alistarán en extranjería. Los cazadores tendrán sed de sangre. Las estatuas cobrarán vida. El agua cristalizará con sosiego. Las setas lucirán sombreros. Los niños saltarán en los charcos. Los hombres se encharcarán en el lodo. Aquí y allá se estrenarán poemas, lienzos, novelas, talleres. Algunos se preguntarán por qué ya no se fabrican eclipses. Otros se limitarán a disfrutar del cromatismo de una pieza musical de la época. El otoño, por ejemplo.

Imagen: Francesco Giovannini (1958)
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Publicado en Poemas - Haiku

La cocina

La cocina

Saborea su trocito de verano en el hielo del café. Bucea en el azul piscina de la vajilla. Juega al tetris con la colección de imanes para la nevera. Enciende y apaga la campana extractora. Corta una cebolla en aros muy finos. Llora. Sintoniza la radio en una emisora diferente a la habitual. Sube el volumen. Mira por la galería. Llueve. Deja que la ropa se moje. Se sienta en la banqueta. Se levanta. Pesa su anillo de compromiso en la balanza.

La mala noticia es un tornado que ha puesto su mundo patas arriba.

Tira la alianza al triturador de basura. Lo pone en marcha. Rellena el frutero de nectarinas, higos y cerezas. Corta otra cebolla en aros muy finos. Llora. Desconecta el triturador de basura. Asiste en primera fila al recital del grifo del fregadero. Recorre con los dedos temblorosos el camino de baldosas amarillas de la pared. Cierra los ojos para ver. Comienza el viaje hacia La Ciudad Esmeralda.

Imagen: Getty Museum Woman in kitchen (1930)
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La pesca

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Su trabajo como captadora de clientes le absorbía por completo. Siempre llevaba el móvil pegado a la oreja. Cuando la empresa le concedió vacaciones eligió la costa como destino. Se hospedó en un motel poco frecuentado situado en una carretera secundaria. La playa estaba a dos kilómetros y el único modo de llegar era a pie, eso le motivaba. Al principio disfrutó de una libertad ilusoria pero pronto empezó a aburrirse. Necesitaba hacer alguna actividad gratificante para llenar el tiempo.

Fue el propietario del alojamiento quien le sugirió la idea. Aquel verano pasó ante los ojos de la relaciones públicas como una estrella fugaz. Salía temprano a pescar, con más hambre que fe. Regresaba al motel, a veces de madrugada, con el primer turista que mordía el anzuelo.

Imagen: John Schott
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Colateral

Colateral

Aunque en círculos cercanos a la familia se pensaba que la relación de Fanelli Jr. con la sobrina de Don Cornelio había sido un rollo de verano, la autopsia reveló que el mafioso estaba enamorado. Una bala del calibre 38 fue suficiente para atravesarle el estómago.

Imagen: TimeOut (Jean Paul Belmondo, Jean Seberg)
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Nómadas

Nómadas

Anita sabe que octubre entrará sin llamar. La tenue luz solar se volatiliza en la verja de la casa de la playa. Por la calle desfila una decena de carromatos. La feria ambulante se despide lanzando serpentinas y confeti al respetable. Un hombre anuncia por el megáfono sorprendentes atracciones para el próximo verano. De fondo suena una pegadiza canción que pronto quedará ahogada en todas las emisoras de radio.

La mayoría de los biquinis de Anita han perdido el color y la elasticidad original. El bronceador de flores de Tiaré empieza a marchitarse. Las caracolas recolectadas en la orilla han enmudecido. El precioso flamenco hinchable alzó el vuelo la otra tarde para no regresar. La sombrilla tamaño familiar, que dio cobijo a una nube de abejas y a los arrumacos de Anita y su gitano, está en poder del apicultor que tuvo que acudir al rescate. Y la tumbona de cinco posiciones quedó KO la última semana de agosto. Sin embargo la vieja toalla de nudos marineros sigue impertérrita. Y es que Anita nunca tira la toalla, así pasen veinte años.

En el porche hace fresco y se pone un jersey fino de punto. Se siente molesta, algo le roza. Es el piercing del ombligo que le está pidiendo vacaciones. Yo aquí sobro, nena, le dice. Ella aún no se ha dado cuenta, pero su favorecedora piel morena va tomando una tonalidad cetrina por momentos, la melanina se ha desactivado.

Huracanes y tempestades son capaces de hundir un trasatlántico del tamaño de cuatro campos de fútbol. Paradojas de la vida, Anita tiene entre las manos una frágil botella de cristal que acaba de encontrar varada en el jardín. Con mucho cuidado vacía su interior. Está nerviosa. Se columpia en la hamaca como una niña. Quita un cordel rojo. Desenrolla una papeleta y lee en voz alta la frase escrita con letra de imprenta. “Vale por un sueño de verano”. De inmediato dos lagrimones le resbalan por las mejillas. El sabor del mar se posa en la comisura de su boca. Anita cierra los ojos al sol de otoño para abandonarse entre las olas.

Imagen: Pinterest
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La naturaleza

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De mi madre he aprendido que es de mala educación hablar con la boca llena de pasado. Que las heridas son la sal de la vida. Que el universo entero cabe en una claraboya. Que escasean mariposas para tantos estómagos. Que las carcajadas son vitaminas efervescentes. Que el nombre del otoño es bosque. Que es más sexy contar pecas que pecados. Que cuando el eco se rebota también te lleva la contraria. Que se debe tener muy presente el futuro. Que todos los seres, en esencia, pertenecemos al mar. Que leerme ya estaba escrito en la naturaleza.

Imagen: Getty (Paul Newman, Diahann Carroll, Kirk Douglas)
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La promesa

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La misma noche en la que él falleció, le prometí encontrar a la que fue la mujer de su vida. Hasta ese instante siempre mantuvo oculto su sufrimiento y nunca se había sincerado conmigo. Me contó que mientras ella le había abandonado a su suerte por un hippie que le propuso recorrer el mundo en su escarabajo, él se quedó a cargo de un niño con trastornos del habla, que ni siquiera era suyo. A pesar de salir adelante ya nunca levantó cabeza. Con el tiempo se fue marchitando lentamente, hasta que la enfermedad acabó por destruirle.

Tras el funeral comencé la búsqueda con los pocos datos de los que disponía. Ocho meses más tarde conseguí localizarla al norte del país. Vivía en una casucha de madera semiderruida al borde de una carretera comarcal. Llamé a la puerta. Ella abrió de forma brusca. La había imaginado una mujer bella, tal y como él me la había descrito. Sin embargo tenía un aspecto descuidado y aparentaba más edad de la que tenía. Se quedó observándome, indiferente. ¿Nos conocemos, joven?, me preguntó con dificultad, casi en un tartamudeo. Quise responderle, pero me mordí la lengua. Era el momento de desvelar el motivo de mi visita. Sin dilación abrí la bolsa de la que no me había separado en todo el viaje. Saqué el recipiente para desenroscar la tapa con cuidado. Y cumpliendo el deseo de mi padre arrojé sus cenizas a Mar.

Imagen: Tumblr
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Lecturas refrescantes

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Necesito hacer otra pausa, las descripciones son demasiado gráficas. El libro es ágil y espeso al mismo tiempo. Dios, qué argumento tan retorcido. El corazón se me sale por la boca. Un escalofrío me recorre el cuerpo. Angustia, horror, asco, fatiga. Todo eso siento. Estoy de vacaciones, leñe, quién me manda a mí pasarlo tan mal. De nuevo alzo la vista al horizonte. El mar sigue ahí, sin inmutarse. Ahora los bañistas tienen la piel más tersa que antes, el agua salada parece haberlos rejuvenecido, pero no. Miro el reloj. Son casi las doce de la mañana y como todos los días los mayores han desaparecido del cuadro marino. A mi derecha, unos niños acaban de terminar un fabuloso castillo de arena y proceden a destruirlo a patadas. No esperan a que la olas engullan la efímera estructura. Para qué. Críos impacientes y veraneantes perezosos que no podremos disfrutar de esa deliciosa escena en que la que torres y almenas se resisten a perder sus aristas en la orilla, redondeándose, reblandeciéndose, para acabar por desaparecer sin dejar rastro.

Me levanto de la tumbona para estirar las piernas. Quizá deba darme un baño. O un paseo para pulir los talones. Aseguro la sombrilla una vez más. Es una obsesión. Al recoger el best seller en la mochila me doy cuenta de que un turista acampado en segunda línea de playa también está leyendo, solo que, valiente él, a plena solana. Tiene el gesto severo y parece que le tiemble el libro entre las manos. Mantiene la boca abierta, como un pez. Observo con curiosidad. Esa composición de la portada con un jardín bañado en sangre es inconfundible. Botánica de la muerte, se titula. Estamos leyendo la misma novela. Como anda tan concentrado no se percata de mi mirada escrutadora. Por el grosor de las páginas leídas yo diría que va por el capítulo ocho. Más o menos. Acaba de descubrir que el padre Angelo cultiva la especie más terrible de planta carnívora de toda la geografía italiana. Y que el bastardo que tuvo con la mujer del carabinieri, que arrestó al supuesto asesino de la nieta del alcalde de Bagnoregio, cuyo cuerpo desapareció la noche en que cayó una misteriosa lluvia de meteoritos, forma parte de la alimentación diaria de semejante planta. Aberrante, sí. Sonrío abiertamente. Menudas vacaciones nos hemos montado, colega. Unas vacaciones de cuatrocientas ochenta y cinco páginas. Me voy a meter al agua para refrescar el cerebro y lo demás, aunque no tardaré mucho en pisar tierra firme. Ni loco me pierdo la expresión de la cara de ese chico cuando llegue al siguiente capítulo.

Imagen: Vintage Everyday
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La magia del verano

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(Para Alicia y Julia)

Todos los días, antes de salir de casa, Violeta se mete al bolsillo una preciosa caracola de nácar, la misma que guarda cada noche bajo la almohada. No deja que se la roben ni en sueños. Una bocanada de espuma de mar la acercó a la orilla durante sus primeras vacaciones en la playa, cuando tenía siete años. Para ella es un objeto muy valioso en otoño, pero sobre todo en invierno: cuando la nieve te llega hasta los tobillos, los árboles tiritan porque están desnudos, el viento congela las narices dejándolas como helados de sandía, los animales duermen un laaaaargo y profundo sueño, el sol se enfría rápido como la sopa de estrellas y los días son tan cortos como las patas de un perro salchicha.

Cada vez que el frío se le quiere meter en los huesos y la tristeza en el corazón, Violeta solo tiene que acercarse la caracola a la oreja para ¡oh, magia!, escuchar entre el salado murmullo de las olas, el dulce canto de las sirenas. Desde que el mar le regaló su increíble tesoro, para Violeta siempre es verano.

Porque hay un verano en cada caracola, y tantas caracolas en el mar como niños en el mundo.

Imagen: Let the kids
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Aeroacústica de una tetera

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A mediodía el sol de septiembre abrasa la ciudad. El pequeño apartamento permanece mudo, como si estuviera resguardado en la oquedad de un hueso. El estor del dormitorio sigue enrollado en la cinta, la persiana está subida hasta arriba y la luz recorre las sábanas húmedas. Olivia despierta bañada en sudor, asustada por las palpitaciones. Sabe que él ya no vive allí. Las paredes pintadas de color vainilla parecen fundirse a negro cuando ve a su izquierda el pijama favorito de Elías tendido sobre la butaca vintage. La compraron en Italia hace tres años, en su primera escapada romántica. Las vistas que tiene enfrente no son mejores. El ropero que dejó abierto Elías antes de irse, es ahora la entrada al infierno. Un puñado de perchas cuelgan de la barra, desangeladas. Olivia dirige la mirada al techo.

Quien preparaba el desayuno desde que vivían juntos era Elías, así que Olivia no necesitaba despertador. Bullía el agua, las hojas de té liberaban su aroma y el silbido de la tetera le avisaba que era la hora de levantarse.

— Todo listo para comernos el mundo, nena —anunciaba Elías al verla entrar en la cocina con el pelo alborotado—. Si una mañana escuchas el silencio da por seguro que ¡caput! habré muerto. Y para abrir boca, ¿un beso antes de desayunar?.

— Cielo, sin té no soy nada —respondía risueña Olivia.

Era el particular mantra que repetían a diario para darse los buenos días.

Olivia parpadea varias veces hasta que las lágrimas empiezan a resbalarle por las mejillas. Sobre el buró, Las correcciones de Jonathan Franzen. que nunca ha terminado de leer. Abre el cajón buscando en vano un kleenex. Se gira al lado derecho de la cama, propiedad hasta entonces de Elías. Tampoco en su mesilla encuentra pañuelos, ni la moleskine, ni varios relojes de bolsillo antiguos, ni su colección de sellos del mundo. Todo está vacío, igual que ayer. Y como ayer dirige su mirada al secreter de roble. El maldito post-it sigue pegado a la pantalla del portátil.

Lo siento, nena. Me he vuelto adicto al café.

El papelito amarillo parece irradiar destellos psicodélicos. A Olivia le hierve la sangre. La densa neblina que se le va acumulando en la cabeza intenta escapar por todos los poros de su cuerpo. La lengua vibra trepidante para acabar emitiendo un quejido que surge del fondo de la garganta. Un quejido prolongado, como el silbato de una locomotora al abandonar el andén. Como el sonar de un submarino abriéndose paso en el océano. Como la aeroacústica de una tetera anunciando que el té ya está listo para servir.

Lo siento, nena. Me he vuelto adicto al café.

Olivia hace un brutal esfuerzo por levantarse de la cama. Quita la nota del ordenador y la rompe en trozos minúsculos que esparce por la alfombra de vinilo como si fueran flores. Las lágrimas dirigen sus pasos buscando un lugar que no duela, pero no lo encuentra. Se acerca a oler el pijama del “muerto”, lo único que le queda de él. Con una de las mangas de la chaquetilla se suena la nariz, después hace un ovillo junto con el pantalón. Abre la ventana y lo arroja con fuerza a la calle. ¡Caput!, exclama antes de cerrarla. Baja la persiana de golpe, desenrolla el estor y comienza a vestirse. Por primera vez desde hace cinco años, Olivia sale de casa en ayunas. A toda prisa enfila la calle principal, la única que desemboca directamente en “La tetería del mar”.

Imagen: Daily Edge
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