El autoestopista

Dos horas haciendo dedo a todo bicho viviente que conduzca camión de cerdos, furgoneta hippy, el auto loco, un escarabajo pelotero, la misteriosa máquina de Scooby Doo, el coche fantástico o la galera de Ben Hur. Le es indiferente. Al infierno. Jura en hebreo, pero sonríe forzadamente cuando se aproxima una posible víctima.

El sol derrite la carretera. Rugido de tripas. Desidia. Aquí llega uno. Esta vez, SÍ. Un Ibiza, color negro, del 2009, varón, de unos 30 a 33 años. ¿Soltero? Qué exactitud de frenada. Baja la ventanilla. Saludos de rigor. —¿adónde quiere ir? pregunta el conductor. —Si puede ser, a un lugar en ninguna parte, responde el autoestopista. Risa histriónica del propietario del vehículo. —Entonces suba amigo, vamos al mismo sitio. Duda por un instante. Este tío está chalado, piensa. Cuenta hasta tres y entra al coche. Olor a vainilla. Mal presagio. Le recuerda a las natillas de su difunta abuela. Se suicidó tirándose al pozo de la finca. Esa fue la versión oficial. Tiembla al evocar aquel día. En realidad, fue fácil. Un pequeño empujón y listo. Una mancha en su expediente académico de la vida. La primera mancha. Ahora ya es un dálmata.

Una lagartija de plástico verde fluorescente pegada a la guantera, recibe al nuevo inquilino. Qué cosa más fea. En una noche de infancia apareció una debajo de su almohada. Se meó encima del susto. Alguien tuvo que llevarla hasta allí. Las lagartijas no planean estas cosas por sí mismas. Pensó que el culpable era su hermano, así que se vengó. El esperpéntico rapado de pelaje a su gatito persa, fue muy traumático para el pequeño. Y para el gato.

Da golpecitos en el volante, al ritmo de la música. Pupurri ochentero. Buen gusto. No así vistiendo. Camisa de rayas color salmón y pantalón de pinzas negro. De un negro desgastado. Muy demodé. Poco pelo y mucha nariz. ¿a que se dedicará? comercial, quizá. Ni siquiera se han preguntado los nombres. Ni falta que hace. Conduce bien y no habla. Que más se puede pedir. Una cabezadita le sentaría bien. Lo matará más tarde. No hay prisa.

Sueña con su mujer. Abandonó el domicilio conyugal una noche cualquiera. A nadie le extrañó. Las discusiones eran conocidas por los vecinos. Ella gritaba más. Golpeaba más. Insultaba más. Él, por contra, lloraba más. A raíz de su desaparición, la comunidad volvió a su estado habitual: calma chicha. Nadie sospechó. Ni siquiera su madre. Enfrascado en la bañera en pleno operación de descuartizamiento, sonó el teléfono. Su suegra, siempre tan oportuna. Enterró los restos en un profundo hoyo del jardín trasero. De lujo.

(Cuando nuestro protagonista despertó del letargo una hora más tarde, el coche estaba parado en la cuneta. El propietario del vehículo y las llaves se habían evaporado. El infinito desierto abrasador se abría ante sus ojos. Una nota dejada en el asiento del piloto resolvió el enigma: Fin del trayecto, amigo dálmata. Bienvenido a un lugar, en ninguna parte).

He recuperado de mis archivos el primer relato ( a modo de road movie) que escribí hace tres años. Está escrito con prisas y sin apenas correcciones. Fue publicado en la revista digital que edita periódicamente, Armario de cuentos.

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Acerca de Beatriz CE

Escritora de relatos, cuentos, micropoemas. (Zaragoza, ES)
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