Muñequita linda

we-heart-it

WeHeartIt

Enterramos a nuestra hijita con todas sus muñecas excepto Wendy, que nos recordaba a ella en los rizos azafranados, en sus ojos saltones y en la boca de piñón. A las pocas horas, empezó a pudrirse. El olor era nauseabundo. Tan nauseabundo como el descubrimiento de la evidencia. El cadáver que yacía bajo tierra era el del juguete.

Un miedo atroz nos caló hasta los tuétanos. Había que enmendar el mortal error, el tiempo corría en nuestra contra. Mi mujer y yo actuamos rápidamente, sin reproches.

Después de unir con pegamento industrial los trozos desprendidos, (como si un lagarto mudara la piel y volviera a meterse en ella), procedimos a darle un baño exhaustivo de laca. Capas, capas y multicapas de barniz sobre su cuerpecito maltrecho. Al acabar, la niña estaba tan bonita como una muñeca de plástico.

Desde entonces ocupa un lugar privilegiado en casa. En nuestros corazones. El cochecito, la trona, los vestiditos, el orinal y el resto de accesorios que utilizaba para jugar, los hemos aprovechado para la pequeña. Sé que siempre estará presente, en mis vigilias y en mis pesadillas. Puedo sentir su aliento putrefacto en la nuca a cualquier hora. Se divierte lanzándose al jardín desde la ventana de su habitación, una y otra vez, rememorando aquella fatídica noche en la que Wendy se escapó volando, y se retuerce de la risa mientras contempla nuestras caras de pánico.

Cuando nos entran esos escalofríos que corroen el alma, fingimos sentir frío. Si las lágrimas se desbordan como el océano, nos ponemos a picar cebolla. Sonreímos para no enfadarla. No debemos enfadarla. Día tras día, sus ojos ausentes escudriñan desde el vacío, a una pareja de muertos vivientes.

Anuncios

Acerca de Beatriz CE

Escritora de relatos, cuentos, micropoemas. (Zaragoza, ES)
Esta entrada fue publicada en Relatos. Guarda el enlace permanente.