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Inmediatamente un fuerte olor a salitre y pescado se le infiltró en la nariz. ¿Debía hacer caso omiso a la llamada? Optó por seguir la recomendación de aquella voz con timbre femenino. Recordaba vivamente el puerto viejo. En vacaciones no le importaba levantarse temprano para husmear la mercancía capturada por su tío Edgar en el pequeño barco pesquero que patroneaba.

La lonja, a primera hora de la mañana, era un hervidero de gente, sudor y gritos. Presenciar la subasta siempre era emocionante. Los compradores pujaban por grandes lotes de lenguado, gamba, merluza, calamar, pulpo, sardinas. Dana no entendía como el subastador podía llevar a cabo su tarea con tanta habilidad. Solo en una ocasión presenció una violenta discusión entre dos hombres. Uno era su tío. El otro, su padre.

El alba iluminó el inaccesible desvío al puerto viejo. El resto del trayecto debía hacerlo caminando. Miró el móvil, apenas quedaba batería. Un escalofrío recorrió el frágil cuerpo de la bailarina cuando llegó al muelle. El memento mori (recuerdaquevasamorir) golpeó de nuevo su cabeza.

Entonces sus piernas se enmarañaron en una red de pesca raída, giró el cuerpo una vuelta completa con el pie en media punta, realizó un amago de pirouette y cayó de bruces. ¿No fue allí dónde apareció con un sedal en la boca, el cadáver del tío Edgar?

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Acerca de Beatriz CE

Escritora de relatos, cuentos, micropoemas. (Zaragoza, ES)
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