Crema de judías con calabaza y pan de ajo

Cada diez o quince días escupía un tequiero de manera aleatoria, como si fuera un autómata. Yo le respondía eresuncielo añadiendo tocino para mis adentros. Dos autómatas. Disfrazábamos nuestra relación con sonrisas de payaso diabólico.
Fui a la presentación del recetario “Sopa de letras”, una vez de tantas en que Armando me confirmó por whatsapp que llegaría tarde a casa, Muchotrabajocariñoyasabes. Emoticono guiño. A las dos de la madrugada giraba la llave de la cerradura. Al entrar al dormitorio se disculpó secamente por haberme despertado. Olía a vainilla y canela. Exótico y especiado. Yo era de fragancia floral. Dulce y romántica. Noestabadormida, le dije. Era cierto. Me había entretenido leyendo unas cuantas recetas de sopas, cremas y salsas. Nunca pensé que pudiera existir tanta variedad. Las fotografías a todo color daban sensación de tridimensionalidad. Había comprado el libro ante la insistencia de mi hermana pequeña tevendrábienparaquitarteelmalsabordeboca.

La cocina no era precisamente mi punto fuerte. Elegí un sencillo menú para estrenarme aquel domingo de aniversario. Centrarme en la preparación fue como asistir gratis a una sesión terapéutica. Para mi incredulidad, las judías blancas y la calabaza se fusionaban a la perfección. Uno solo, pensé, como él y yo hasta hacía apenas seis meses. Éramos la combinación perfecta. Fue entonces cuando me vino a la cabeza el ingrediente inmaterial y sin embargo imprescindible que faltaba en la receta de nuestra convivencia, la ternura.

El pan saltó en el grill. Miré a Armando que empezaba a poner la mesa. Froté con saña un ajo crudo sobre la miga tostada, le di un buen mordisco y esperé a que me repitiera para romper con lo nuestro.

Anuncios

Acerca de Beatriz CE

Escritora de relatos, cuentos, micropoemas. (Zaragoza, ES)
Esta entrada fue publicada en Relatos. Guarda el enlace permanente.