De perlas

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Las perlas del collar se esparcen aleatoriamente por el suelo. La chica se siente como perra sin correa, huérfana. Conteniendo la respiración realiza incontables inmersiones en la montaña de ropa (ella lo califica de mar) que cubre el parquet flotante del dormitorio. Recoge las bolitas de nácar con la destreza de una auténtica pescadora japonesa, así lo cree y así lo manifiesta en voz alta. Las va metiendo en una vieja caja de zapatos y cuando cree que las ha “pescado” todas, se baja a la calle corriendo a por hilo de pescar.

Durante el camino, las perlas van rodando por toda la caja haciendo un ruido tragicómico. El ferretero le vende a un precio irrisorio, una bobina de nylon del número 2. Con una perla era suficiente para saber qué grosor de hilo entraba por el agujerito, querida, le dice sonriente el vendedor, y le desea buena suerte con el engarzado y anudado. Tómeselo con calma, le dice también, pero ella ya no puede escucharle. Ha salido de la tienda y acaba de chocar con un señor mayor con bastón. Al señor en cuestión se le han trastabillado los pies pero no ha llegado a perder el equilibrio, sólo su peluquín. A ella sin embargo se le ha caído la caja de zapatos con sus cincuenta cuentas, y la cara de verguenza. Le pide disculpas con reverencia sin perder de vista la trayectoria de las perlas de agua salada. El señor del bastón considera que la chica es una tarada y continúa su paseo con la calva al aire. El peluquín se queda cerca de un portal, como un gatito abandonado. Ella galopa tras las dichosas bolitas: algunas cruzan la calle y son atropelladas por coches, motos y autobuses, otras van a parar a la red de alcantarillado, unas pocas son recolectadas por las manos de un niño ¡¡Oh, canicas!! que huye a toda prisa. Las menos, dieciocho exactamente, son recuperadas.

Se sienta en un banco del parque cercano a meditar. Saca el hilo y comienza a engarzar lo poco que queda de collar. Una pulsera quizá, piensa resignada. Se le acerca un perro sin correa, huérfano. Se agacha y le hace unas carantoñas. El perro se deja querer. Le ata al cuello su recién reciclada “pulsera”. El collar de perlas japonesas le favorece. Ahora parece un perro con pedigrí. Si no fuera por el pelo nudoso y atestado de pulgas, claro. El chucho sabe que nada impedirá que esa chica con aspecto de tarada sea su dueña. La chica regresa a casa con el orgulloso perro adoptado, que resulta ser también chica.

Sin duda la zona de juegos predilecta de Perla (acaba de bautizarla) va a ser la montaña de ropa (ella lo califica de mar) que cubre el parquet flotante del dormitorio. Aprovecha para hacer jirones la ropa mientras su dueña, huérfana, ha ido a comprarle un cesto, pienso y champú. Entre salto y salto, las perlas del collar se esparcen aleatoriamente por el suelo.

Imagen: Bert Stern
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Acerca de Beatriz CE

Escritora de relatos, cuentos, micropoemas. (Zaragoza, ES)
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