De la derrota

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El cabo Samuel ha permanecido inmóvil durante la noche debajo del cadáver de su sargento. Le ha servido, a modo de parapeto, para ser el único superviviente en el ataque a la trinchera. Las bombas han estallado con la misma naturalidad con que un puñado de granos de maíz revientan en el microondas. Está amaneciendo y las voces enemigas se disipan en el caos de la batalla. El joven soldado aparta con delicadeza el cuerpo de su superior dejándolo a un lado. Tras rezar un padrenuestro en señal de respeto al pelotón desaparecido, Samuel abandona la zanja. Desorientado va en busca del resto de la tropa.

A media mañana el calor empieza a ser sofocante. Se detiene para quitarse el sudor de la frente con el pañuelo que lleva atado al cuello. Después lo chupa para calmar la sed, sin éxito. Reanuda la marcha. Los maltrechos pies le arden dentro de las botas.

Tropieza con combatientes horriblemente mutilados, algunos son compañeros de su destacamento. Tiene que pararse varias veces a vomitar. Escucha los gemidos de un oficial, como un animal herido, que pronto se ahogan en ráfagas de fuego. Fuego. El bombardeo se ha reiniciado. Camina a tientas. Ni siquiera sabe cuál es su posición en el mapa. El humo se le mete en la garganta, no deja de toser.

Unos metros más adelante encuentra una granada aún sin utilizar. Quita el seguro y arroja la bomba con furia hacia un montículo de escombros. La explosión deja en el aire una polvareda pesada y densa. Samuel llora sin consuelo. En algún punto del vasto horizonte se está librando una guerra que le pertenece. Que otros dijeron que le pertenecía.

Continúa andando sin rumbo hasta que ve un pequeño objeto que refleja la luz del sol. Atraído por la curiosidad del niño que descubre un juguete nuevo, se acerca para coger una cajita de plata. Agotado, se sienta en el suelo y abre la lengüeta de metal. La caja no contiene píldoras como él pensaba sino arena, solo arena fina y dorada, pero la sensación que experimenta Samuel es indescriptible. Vuelca en la mano las partículas brillantes, un pellizco de playa que se escapa entre los dedos. Enseguida se le mete en la nariz el olor del mar mediterráneo, de su añorado hogar. Cierra los ojos quedándose absorto. De manera fugaz llega a sus oídos el eco de una bala solitaria. El proyectil le atraviesa la cabeza.
Lo último que percibe el soldado antes de morir es el regusto amargo de su sangre, de la derrota.

Imagen: Getty
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Acerca de Beatriz CE

Escritora de relatos, cuentos, micropoemas. (Zaragoza, ES)
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