A cuentagotas

acuentagotas

Tras su visita matinal el médico sale de la habitación 308 con la prisa habitual. Sandra, la paciente de la cama B, observa embobada la bolsa de glucosalino que cuelga del palo de gotero. Le escuece el brazo. Gira la cabeza hacia la paciente de la cama A, una anciana que apenas articula palabra. La señora Teodora le sonríe. Tiene  los ojos hundidos y su tono de piel presenta un aspecto macilento. Sandra le devuelve su mejor sonrisa. Se han cogido cariño, ambas ingresaron el mismo día.

Sandra tiene ganas de orinar, pero antes de levantarse necesita poner en marcha su engranaje. Realiza unos pequeño estiramientos y se incorpora despacio. Arrastra los pies hasta el baño acompañada de su inseparable amigo rodante. Con cierto resquemor enciende la luz. El espejo le devuelve la imagen de una mujer que no reconoce. Mientras evacúa la vejiga, también aprovecha para vaciar la mente de pensamientos tóxicos. Se lava las manos, se cepilla los dientes y el pelo, se da un toque de color en los labios. Ahora sí soy yo, asegura intentando engañar a su reflejo.

Antes de volver a la cama se acerca a la ventana para disfrutar de las vistas al párking. Esto es lo que se llama un paisaje bucólico, dice soltando una carcajada. Se da la vuelta y mira a la escuálida Teodora, que sigue sonriéndole. Sandra ha visto a muchas personas sin sonrisa, pero aquélla es sin duda una sonrisa sin persona.

Al acostarse siente de nuevo una ligera punzada en el brazo donde lleva el catéter. Comprueba como las gotas caen rítmicamente y respira tranquila. El escozor de la sal en la piel, le da la vida. Cierra los ojos. Una suave brisa le acaricia las mejillas. El océano corre por sus venas, un día más.

Imagen: Jean Seberg en Al Final De La Escapada
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Acerca de Beatriz CE

Escritora de relatos, cuentos, micropoemas. (Zaragoza, ES)
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