El fumador

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A Dylan Carter la noche se le ha echado encima. Se enciende un cigarrillo extralargo para apagarlo a continuación. Está dejando de fumar. Colgado del espejo retrovisor se mece la silueta de un pino que fracasa estrepitosamente en el intento de difundir un aroma fresco por el interior del vehículo. Al contrario, su denso olor le produce jaqueca. Coge el arbolito y lo lanza por la ventanilla a un punto impreciso de la carretera. Conduce con prudencia, no conviene despertar sirenas. En el coche viajan dos ocupantes, y uno dejó de respirar hace ya cuarenta y ocho horas.

Se desvía hacia una gasolinera para llenar el depósito. Abre la guantera y elige su nueva imagen. Saca una gorra, un bigote postizo y unas gafas culo vaso y se los pone. Un hombre enfundado en un mono desteñido se acerca a pequeños pasos para atenderle. Ambos se saludan con la cabeza. Dylan le señala con el índice el combustible que desea. Después entra para pagar. Da una vuelta por la tienda y decide comprar un sandwich de máquina y una botella de agua. El chico de la caja es idéntico al gasolinero, excepto en el acné. Cuando Dylan sale del establecimiento, padre e hijo se sientan frente a un pequeño televisor que sintoniza un canal de deporte. Antes de llegar al coche, se asegura de que ninguno de los dos se fija ya en él. En un santiamén abre el maletero y de un brutal impulso descarga el muerto a los pies del surtidor. Un muerto que en vida fue un cabrón. Y cómo apestaba el cabrón. Un cabrón hediondo en la vida y en la muerte, piensa Carter.

Dylan arranca el coche con calma, respetando la señal de stop antes de incorporarse a la vía. Se quita los accesorios y vuelve a guardarlos en la guantera. Apuesta a que los empleados de la estación de servicio no tardarán demasiado en pulular alrededor del fardo como moscas. Incluso los cadáveres merecen tener su público, murmura mientras, ahora sí, aprieta el acelerador a fondo.

Mira al cielo, guardián de su secreto. Un secreto tan espeluznante como el crepúsculo que parece teñir de sangre el horizonte. Mira al espejo retrovisor. Ha olvidado comprar un nuevo ambientador para el Chevrolet, que sigue oliendo a fiambre. Tiene la cara desencajada, el pelo revuelto y una especie de tic en el ojo izquierdo. El corazón se le sale por la boca. Con evidentes síntomas de ansiedad se enciende un cigarrillo extralargo. Esta vez Dylan Carter piensa fumarse hasta el filtro.

Imagen: Steve McQueen por William Claxton
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Acerca de Beatriz CE

Escritora de relatos, cuentos, micropoemas. (Zaragoza, ES)
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