Aeroacústica de una tetera

aeroacustica-de-una-tetera

A mediodía el sol de septiembre abrasa la ciudad. El pequeño apartamento permanece mudo, como si estuviera resguardado en la oquedad de un hueso. El estor del dormitorio sigue enrollado en la cinta, la persiana está subida hasta arriba y la luz recorre las sábanas húmedas. Olivia despierta bañada en sudor, asustada por las palpitaciones. Sabe que él ya no vive allí. Las paredes pintadas de color vainilla parecen fundirse a negro cuando ve a su izquierda el pijama favorito de Elías tendido sobre la butaca vintage. La compraron en Italia hace tres años, en su primera escapada romántica. Las vistas que tiene enfrente no son mejores. El ropero que dejó abierto Elías antes de irse, es ahora la entrada al infierno. Un puñado de perchas cuelgan de la barra, desangeladas. Olivia dirige la mirada al techo.

Quien preparaba el desayuno desde que vivían juntos era Elías, así que Olivia no necesitaba despertador. Bullía el agua, las hojas de té liberaban su aroma y el silbido de la tetera le avisaba que era la hora de levantarse.

— Todo listo para comernos el mundo, nena —anunciaba Elías al verla entrar en la cocina con el pelo alborotado—. Si una mañana escuchas el silencio da por seguro que ¡caput! habré muerto. Y para abrir boca, ¿un beso antes de desayunar?.

— Cielo, sin té no soy nada —respondía risueña Olivia.

Era el particular mantra que repetían a diario para darse los buenos días.

Olivia parpadea varias veces hasta que las lágrimas empiezan a resbalarle por las mejillas. Sobre el buró, Las correcciones de Jonathan Franzen. que nunca ha terminado de leer. Abre el cajón buscando en vano un kleenex. Se gira al lado derecho de la cama, propiedad hasta entonces de Elías. Tampoco en su mesilla encuentra pañuelos, ni la moleskine, ni varios relojes de bolsillo antiguos, ni su colección de sellos del mundo. Todo está vacío, igual que ayer. Y como ayer dirige su mirada al secreter de roble. El maldito post-it sigue pegado a la pantalla del portátil.

Lo siento, nena. Me he vuelto adicto al café.

El papelito amarillo parece irradiar destellos psicodélicos. A Olivia le hierve la sangre. La densa neblina que se le va acumulando en la cabeza intenta escapar por todos los poros de su cuerpo. La lengua vibra trepidante para acabar emitiendo un quejido que surge del fondo de la garganta. Un quejido prolongado, como el silbato de una locomotora al abandonar el andén. Como el sonar de un submarino abriéndose paso en el océano. Como la aeroacústica de una tetera anunciando que el té ya está listo para servir.

Lo siento, nena. Me he vuelto adicto al café.

Olivia hace un brutal esfuerzo por levantarse de la cama. Quita la nota del ordenador y la rompe en trozos minúsculos que esparce por la alfombra de vinilo como si fueran flores. Las lágrimas dirigen sus pasos buscando un lugar que no duela, pero no lo encuentra. Se acerca a oler el pijama del “muerto”, lo único que le queda de él. Con una de las mangas de la chaquetilla se suena la nariz, después hace un ovillo junto con el pantalón. Abre la ventana y lo arroja con fuerza a la calle. ¡Caput!, exclama antes de cerrarla. Baja la persiana de golpe, desenrolla el estor y comienza a vestirse. Por primera vez desde hace cinco años, Olivia sale de casa en ayunas. A toda prisa enfila la calle principal, la única que desemboca directamente en “La tetería del mar”.

Imagen: Daily Edge
Anuncios

Acerca de Beatriz CE

Escritora de relatos, cuentos, micropoemas. (Zaragoza, ES)
Esta entrada fue publicada en Relatos. Guarda el enlace permanente.