Lecturas refrescantes

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Necesito hacer otra pausa, las descripciones son demasiado gráficas. El libro es ágil y espeso al mismo tiempo. Dios, qué argumento tan retorcido. El corazón se me sale por la boca. Un escalofrío me recorre el cuerpo. Angustia, horror, asco, fatiga. Todo eso siento. Estoy de vacaciones, leñe, quién me manda a mí pasarlo tan mal. De nuevo alzo la vista al horizonte. El mar sigue ahí, sin inmutarse. Ahora los bañistas tienen la piel más tersa que antes, el agua salada parece haberlos rejuvenecido, pero no. Miro el reloj. Son casi las doce de la mañana y como todos los días los mayores han desaparecido del cuadro marino. A mi derecha, unos niños acaban de terminar un fabuloso castillo de arena y proceden a destruirlo a patadas. No esperan a que la olas engullan la efímera estructura. Para qué. Críos impacientes y veraneantes perezosos que no podremos disfrutar de esa deliciosa escena en que la que torres y almenas se resisten a perder sus aristas en la orilla, redondeándose, reblandeciéndose, para acabar por desaparecer sin dejar rastro.

Me levanto de la tumbona para estirar las piernas. Quizá deba darme un baño. O un paseo para pulir los talones. Aseguro la sombrilla una vez más. Es una obsesión. Al recoger el best seller en la mochila me doy cuenta de que un turista acampado en segunda línea de playa también está leyendo, solo que, valiente él, a plena solana. Tiene el gesto severo y parece que le tiemble el libro entre las manos. Mantiene la boca abierta, como un pez. Observo con curiosidad. Esa composición de la portada con un jardín bañado en sangre es inconfundible. Botánica de la muerte, se titula. Estamos leyendo la misma novela. Como anda tan concentrado no se percata de mi mirada escrutadora. Por el grosor de las páginas leídas yo diría que va por el capítulo ocho. Más o menos. Acaba de descubrir que el padre Angelo cultiva la especie más terrible de planta carnívora de toda la geografía italiana. Y que el bastardo que tuvo con la mujer del carabinieri, que arrestó al supuesto asesino de la nieta del alcalde de Bagnoregio, cuyo cuerpo desapareció la noche en que cayó una misteriosa lluvia de meteoritos, forma parte de la alimentación diaria de semejante planta. Aberrante, sí. Sonrío abiertamente. Menudas vacaciones nos hemos montado, colega. Unas vacaciones de cuatrocientas ochenta y cinco páginas. Me voy a meter al agua para refrescar el cerebro y lo demás, aunque no tardaré mucho en pisar tierra firme. Ni loco me pierdo la expresión de la cara de ese chico cuando llegue al siguiente capítulo.

Imagen: Vintage Everyday
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Acerca de Beatriz CE

Escritora de relatos, cuentos, micropoemas. (Zaragoza, ES)
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