Náufragos

náufragos

Aurelio apunta algunas ideas en la manoseada libreta y suspira. Está tan agotado como el cartucho de su estilográfica. La vieja butaca del estudio parece querer mecerle y él se deja querer. Cierra los ojos para aliviar el escozor. De inmediato el sueño se apodera de la razón.

Un pegajoso olor a salitre inunda la habitación. Las olas se aproximan para romper en espumosa marejada contra la mecedora. Una repentina tempestad hace zozobrar la embarcación. Consigue mantenerse a flote unos instantes, pero pierde bruscamente el control. Finalmente se sumerge en un mar enfurecido. Aurelio, el soñador, lucha por rescatar al náufrago que hay en Aurelio, el escritor. Pero el aflautado tono del teléfono le devuelve bruscamente a tierra. Antes de descolgar el auricular carraspea unos segundos.

—¿Sí? —pregunta desconcertado.

—Don Aurelio, soy su vecina de abajo —responde la voz—. Verá, acabo de llegar a casa y he encontrado mi salita con nueva decoración. Se ha apoderado del techo una mancha de humedad proveniente de su piso, más grande que la bóveda celeste, ¿comprende?

—La escucho con dificultad, señorita Margot. Tengo agua en los oídos.

En realidad Aurelio está empapado hasta los huesos. Su sueño ha sido tan plástico, que el suelo de parqué del estudio se oculta bajo un charco de agua estancada que hospeda algas, conchas, arena y hasta peces.

—Pues escuche, escuche, don Aurelio. Y escuche bien. La moldura de escayola ha empezado a descascarillarse y parece caer nieve sobre mi cabeza. Cuando he marcado su número, los goterones que resbalaban por las cuentas de la lámpara de araña hasta la alfombra han quedado misteriosamente paralizados, como estalactitas. No encuentro explicación posible. A no ser que haya vuelto a quedarse dormido escribiendo esa novela suya. ¿A dónde ha viajado en su sueño esta vez, Aurelio?

Mientras Aurelio presta atención a la afelpada voz de su vecina, no puede evitar una sonrisa. Es una criatura sencillamente adorable, piensa.

—Lamento ser el responsable de semejante percance —acierta a responderle—. Créame cuando le digo, señorita Margot, que su malestar durará poco.

Hasta ahora, ningún especialista ha sido capaz de diagnosticar la “dolencia” de Aurelio. Hiperrealismo del soñador lo define él. Como aquel sueño en el que montañas de botones y camisas acabaron sepultándole mientras intentaba, inútilmente, enhebrar una aguja gigante. Solo consiguió pincharse acabando como un muñeco vudú. Cuando despertó apenas podía respirar, ahogado bajo la colcha. No hubo daños colaterales. O aquella otra vez, más seria, en la que sufrió una persecución por parte del dragón que escupía fuego. La batalla campal que se organizó en su dormitorio, las absurdas explicaciones que dio a los bomberos, a los vecinos; la mudanza innecesaria. Los sueños entrelazan los hilos de nuestras vidas y nos persiguen allá donde vayamos, le dijo el psicoanalista en su última visita. Tenía razón.

—Bien. Entonces, ¿podría ayudarme a mover de sitio los muebles de roble? El secreter, por ejemplo, tiene más de cien años de antigüedad . Ya que es usted el causante de semejante estrago. —Margot hace una incómoda pausa y prosigue su discurso—. No le entretendré mucho. Solo hasta que se presenten los del seguro. Ni siquiera sé qué voy a contarles. Lo más extraño es este intenso olor a pescado. ¿Pero qué ha sucedido en su casa, Aurelio? ¡¡Oiga!! ¿Sigue ahí?

No, Aurelio ya no está al otro lado del teléfono. Ha salido corriendo de casa y baja las escaleras de dos en dos. La solitaria vida de aquella mujer, como la suya propia, corre peligro de irse a pique. Al llegar al piso de abajo, impaciente, pulsa varias veces el timbre del 3º C. Después toca con los nudillos. Ella abre la puerta ipso facto.

—Mi querida Margot, —dice visiblemente emocionado—. No culpe al mar de sus naufragios.

Y la náufraga, sin poder articular palabra, se abraza a su salvavidas.

Imagen: Deborah Jaffe
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El fumador

elfumador

A Dylan Carter la noche se le ha echado encima. Se enciende un cigarrillo extralargo para apagarlo a continuación. Está dejando de fumar. Colgado del espejo retrovisor se mece la silueta de un pino que fracasa estrepitosamente en el intento de difundir un aroma fresco por el interior del vehículo. Al contrario, su denso olor le produce jaqueca. Coge el arbolito y lo lanza por la ventanilla a un punto impreciso de la carretera. Conduce con prudencia, no conviene despertar sirenas. En el coche viajan dos ocupantes, y uno dejó de respirar hace ya cuarenta y ocho horas.

Se desvía hacia una gasolinera para llenar el depósito. Abre la guantera y elige su nueva imagen. Saca una gorra, un bigote postizo y unas gafas culo vaso y se los pone. Un hombre enfundado en un mono desteñido se acerca a pequeños pasos para atenderle. Ambos se saludan con la cabeza. Dylan le señala con el índice el combustible que desea. Después entra para pagar. Da una vuelta por la tienda y decide comprar un sandwich de máquina y una botella de agua. El chico de la caja es idéntico al gasolinero, excepto en el acné. Cuando Dylan sale del establecimiento, padre e hijo se sientan frente a un pequeño televisor que sintoniza un canal de deporte. Antes de llegar al coche, se asegura de que ninguno de los dos se fija ya en él. En un santiamén abre el maletero y de un brutal impulso descarga el muerto a los pies del surtidor. Un muerto que en vida fue un cabrón. Y cómo apestaba el cabrón. Un cabrón hediondo en la vida y en la muerte, piensa Carter.

Dylan arranca el coche con calma, respetando la señal de stop antes de incorporarse a la vía. Se quita los accesorios y vuelve a guardarlos en la guantera. Apuesta a que los empleados de la estación de servicio no tardarán demasiado en pulular alrededor del fardo como moscas. Incluso los cadáveres merecen tener su público, murmura mientras, ahora sí, aprieta el acelerador a fondo.

Mira al cielo, guardián de su secreto. Un secreto tan espeluznante como el crepúsculo que parece teñir de sangre el horizonte. Mira al espejo retrovisor. Ha olvidado comprar un nuevo ambientador para el Chevrolet, que sigue oliendo a fiambre. Tiene la cara desencajada, el pelo revuelto y una especie de tic en el ojo izquierdo. El corazón se le sale por la boca. Con evidentes síntomas de ansiedad se enciende un cigarrillo extralargo. Esta vez Dylan Carter piensa fumarse hasta el filtro.

Imagen: Steve McQueen por William Claxton
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Lamala

ValeriaLamala.

La estrella de la gran pantalla Valeria Lamala, nombre artístico de Sara Abad, poseía características que la hacían única: unos ojos azules que iluminaban las estancias como faros, su espesa melena dorada semejante al cabello de ángel, la grácil forma de andar “más que pisar el suelo, levita”, el lunar de quita y pon que lucía en la comisura de la boca, su peculiar voz, crujiente como un campo de cristales, de naturaleza exuberante, la piel casi transparente, que le confería una belleza etérea. A sus treinta y ocho años aparentaba ser una veinteañera.

“¿De dónde es usted, señorita Lamala?”, era la primera pregunta que se le hacía en las entrevistas por deseo expreso de la artista. “Soy de donde nace la genialidad”, respondía siempre ella. Entonces hacía un burbujeo con la garganta parecido al sonido del agua en ebullición y estallaba en risas.

La camaleónica Valeria Lamala encarnaba en el cine a la luchadora Erin Brokovich , la pasional Bridget Jones o la dulce Mary Poppins con maestría, pero el papel que la encumbró fue sin duda el de Blanche Dubois en el remake de la película Un tranvía llamado deseo. “Con su carisma y poderosa presencia hace suya a Blanche”, “un papel que parece haberse escrito para ella”, “se consagra como la mejor actriz del siglo XX”, aseguraban las críticas.

Fue sencillo y doloroso a la vez representar ante la cámara a una desequilibrada como Blanche Dubois. En la vida real Valeria era una mujer frustrada, insegura y neurótica como su personaje. Las dos tenían problemas de alcoholismo y una enfermiza preocupación por la decadencia de su belleza y sufrieron abusos que las traumatizó para siempre. Con los años su ilusión por enamorarse se hizo pedazos. La súbita retirada de Lamala en el punto álgido de su carrera fue inexplicable para el público que la adoraba. La verdad es que a causa de un colapso nervioso fue recluida en una institución mental en la que permaneció hasta el fin de sus días. Las malas lenguas dicen que se suicidó.

Imagen: Vivian Maier
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El jardín

eljardin

El grifo del jardín llora de noche, sin que nadie lo vea. Sus lágrimas se fugan unas tras otra respetando los turnos de salida. Lentamente van cayendo sobre la cama de hierba, regándola. El ejército acuífero se dispersa en grupos de manera sigilosa. Las gotas se filtran hasta las raíces de la higuera, del bambú, de los rosales, de las plantas aromáticas. Una vez que las pequeñas cápsulas de agua alcanzan el objetivo, la paz y el sosiego se adueñan del lugar.

Amanece. La pequeña Nora estira el cuerpo como un gato antes de levantarse de la cama. Se lava y se viste a toda prisa. Después de desayunar se dirige con curiosidad a la puerta trasera y sale al jardín corriendo. Se sienta en el columpio que cuelga del viejo roble.

Arriba, abajo.

Siente el aire fresco en la cara.

Arriba, abajo.

Las rosas están pintadas de rojo.

Arriba, abajo.

Mamá sigue cuidando de su jardín, aunque ya no esté.

Arriba, abajo.

Nora prometió sonreír todos los días.

Arriba, abajo.

¡Sonríe, Nora! ¡sonríe!

Arriba, abajo.

Arriba, abajo.

Imagen: Igor Gnevashev
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A cuentagotas

acuentagotas

Tras su visita matinal el médico sale de la habitación 308 con la prisa habitual. Sandra, la paciente de la cama B, observa embobada la bolsa de glucosalino que cuelga del palo de gotero. Le escuece el brazo. Gira la cabeza hacia la paciente de la cama A, una anciana que apenas articula palabra. La señora Teodora le sonríe. Tiene  los ojos hundidos y su tono de piel presenta un aspecto macilento. Sandra le devuelve su mejor sonrisa. Se han cogido cariño, ambas ingresaron el mismo día.

Sandra tiene ganas de orinar, pero antes de levantarse necesita poner en marcha su engranaje. Realiza unos pequeño estiramientos y se incorpora despacio. Arrastra los pies hasta el baño acompañada de su inseparable amigo rodante. Con cierto resquemor enciende la luz. El espejo le devuelve la imagen de una mujer que no reconoce. Mientras evacúa la vejiga, también aprovecha para vaciar la mente de pensamientos tóxicos. Se lava las manos, se cepilla los dientes y el pelo, se da un toque de color en los labios. Ahora sí soy yo, asegura intentando engañar a su reflejo.

Antes de volver a la cama se acerca a la ventana para disfrutar de las vistas al párking. Esto es lo que se llama un paisaje bucólico, dice soltando una carcajada. Se da la vuelta y mira a la escuálida Teodora, que sigue sonriéndole. Sandra ha visto a muchas personas sin sonrisa, pero aquélla es sin duda una sonrisa sin persona.

Al acostarse siente de nuevo una ligera punzada en el brazo donde lleva el catéter. Comprueba como las gotas caen rítmicamente y respira tranquila. El escozor de la sal en la piel, le da la vida. Cierra los ojos. Una suave brisa le acaricia las mejillas. El océano corre por sus venas, un día más.

Imagen: Jean Seberg en Al Final De La Escapada
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Terrazas

terrazas

entre el arrozal
un espantapájaros
que no madura

Imagen: Yuanyang, Global Post

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Desayunarse

robertfrank

El hombre del pijama rojo escurre la humeante bolsita de té, que enroscada en la cucharilla, derrama la sustancia mentolada. “Unas gotitas de leche condensada dulcificarán el carácter de la infusión y también mi día”, piensa el hombre del pijama rojo, el mismo que dentro de una hora, vestido con su mejor traje negro disolverá el ínfimo asunto pendiente. Bebe de un solo trago, escaldándose la garganta.

La mujer del pijama celeste echa dos terrones de azúcar al café. Los porosos cubitos flotan en la superficie de la taza, para un instante después, desaparecer engullidos por el líquido tostado. “Pura ironía”, piensa la mujer del pijama celeste, la misma que dentro de una hora, enfundada en un vestido amarillo firmará la disolución de su matrimonio. Bebe a pequeños sorbos, deleitándose en su amargura.

“Esto del amor no tiene ninguna lógica”, ha afirmado el hombre del traje negro mientras estampaba su nombre en el documento.

“Es lo más coherente que te he escuchado decir nunca”, ha susurrado la mujer del vestido amarillo mordiéndose el labio.

Y en diez minutos, la espesa bruma formada alrededor de la pareja durante años, se ha disipado en el aire.

“Aún quedan dos horas para la salida de mi vuelo, ¿tomamos algo?”, pregunta el hombre del traje negro al salir del notario.

“No sé tú, pero yo voy a tomarme la vida de otra manera”, responde la mujer del vestido amarillo desapareciendo entre el gentío.

“Tomaré lo mismo que ella”, afirma el hombre del traje negro esperando un taxi que le lleve al aeropuerto.

Imagen: Robert Frank
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Pervivencia

pervivencia

—Papá, ¿cuál dijiste que era? —pregunta el niño asomado a la ventana.

—¿Ves ese gran punto radiante que parpadea allí, a la derecha? —señala su padre con el dedo tembloroso—. Siempre nos guiará.

—Pero qué estrella tan bonita —responde el pequeño—. Ahora ya entiendo las palabras que leíste en la iglesia. Anda, papá, repítelas otra vez.

—Lo que brilla con luz propia nadie lo puede apagar, hijo mío.

El chico observa como el centelleo se vuelve más intenso. ¡Hola, mami!, exclama agitando la mano al cielo, reconfortado.

Imagen: Duane Michals
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Incandescencia

incandescencia

El cielo encapotado teñía la ciudad de gris. La niña cerró los ojos e imaginó el sol hasta encenderlo. Movió las aletas de la nariz y sonrió orgullosa: empezaba a oler a nubes quemadas.

Imagen: Photodoto
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El sustituto

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Como cada lunes Ramón se pasa a comer a casa de Gertrudis. Antes de tamborilear con los nudillos en su puerta ya se percibe la fatigosa respiración de la dueña.

— ¡Soy yo, mamá!, vocea tal y como a ella le gusta.

—Llegas tarde, hijo. —dice nada más abrirle—. Te veo más delgado que ayer. Parece que has tomado el sol. No sé por qué te has alisado el pelo. Con los rizos tan bonitos que tú tienes. Anda pasa al comedor y siéntate. Ahora te pongo la comida. Hoy he hecho una crema de aguacate con tropezones. Espero que te guste.

Bajo la atenta mirada de Gertrudis, Ramón deja vacío el apetitoso cuenco de crema, jamón y tomate no sin antes echarse una mancha en la camisa.

—¡Maldita sea! — exclama Ramón—. Es una de las mejores que tengo. Si no la mejor. Y esta tarde tengo que volver al despacho.

Gertrudis desaparece un momento de la habitación para regresar con una camisa limpia en la mano.

—Toma, cámbiate. Siempre ha sido una de mis preferidas. Te queda perfecta. Deja que me encargue de lavar la sucia. Con mi jabón de tajo la mancha se irá seguro. Quedará como nueva, ya la verás cuando vuelvas mañana.

—Te lo agradezco, mamá. No hace falta que sea tan pronto. Dámela el lunes que viene, por ejemplo. Ahora debo volver al trabajo enseguida. Ya sabes, mucho papeleo.

—No se hable más. Mañana mismo tienes tu camisa impecable. Hasta entonces, corazón.

La buena de Gertrudis le llena de besos. Le acaricia el pelo. Le peina las cejas. Le recoloca el cuello de la camisa de leñador. Se emociona. Le abraza. Se besan.

—Cuídate mamá —se despide Ramón suficientemente manoseado.

Cuando Ramón entra al ascensor no puede evitar un grito ahogado. El espejo no miente. Pulsa al sexto piso, donde vive con su mujer. Laura se parte de la risa al verle llegar de semejante guisa.

—No puedo salir con estas pintas —se apresura a decir Ramón—. La camisa de Juan Luis está un pelín pasada de moda.

—Y tanto —contesta Laura entres risas—. Como mínimo tiene los mismos años que hace que murió él.

—Pues unos siete u ocho. Todavía no entiendo como se pudo aprobar semejante asunto en una reunión de la comunidad —asevera Ramón—. Si la vecina se siente sola desde que Juan Luis falleció, no es de nuestra incumbencia. A veces me siento mal, no me gusta engañarla. Además, como si no hubiera otros problemas más importantes que solventar. Las filtraciones que hay en el garaje, por ejemplo.

Ramón empieza a sentir picores bajo la prenda de franela. Se rasca con fruición .

—Su demencia es muy avanzada y Gertrudis no tiene familia —responde Laura intentando conmover a su marido—. La conocemos hace mucho tiempo. Estamos haciendo una labor social. Piensa que solo son los lunes, cuatro días al mes. Si no me equivoco, mañana le toca bajar a comer a su casa a Sergio ¿no?

—Eso es lo que más me fastidia de todo —responde enojado—.  Prepárate para ver presumir al vecino del séptimo con la camisa de seda que me compré para nuestra boda.

Imagen: Albert Finney en Saturday Night Sunday Morning

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