A cuentagotas

acuentagotas

Tras su visita matinal el médico sale de la habitación 308 con la prisa habitual. Sandra, la paciente de la cama B, observa embobada la bolsa de glucosalino que cuelga del palo de gotero. Le escuece el brazo. Gira la cabeza hacia la paciente de la cama A, una anciana que apenas articula palabra. La señora Teodora le sonríe. Tiene  los ojos hundidos y su tono de piel presenta un aspecto macilento. Sandra le devuelve su mejor sonrisa. Se han cogido cariño, ambas ingresaron el mismo día.

Sandra tiene ganas de orinar, pero antes de levantarse necesita poner en marcha su engranaje. Realiza unos pequeño estiramientos y se incorpora despacio. Arrastra los pies hasta el baño acompañada de su inseparable amigo rodante. Con cierto resquemor enciende la luz. El espejo le devuelve la imagen de una mujer que no reconoce. Mientras evacúa la vejiga, también aprovecha para vaciar la mente de pensamientos tóxicos. Se lava las manos, se cepilla los dientes y el pelo, se da un toque de color en los labios. Ahora sí soy yo, asegura intentando engañar a su reflejo.

Antes de volver a la cama se acerca a la ventana para disfrutar de las vistas al párking. Esto es lo que se llama un paisaje bucólico, dice soltando una carcajada. Se da la vuelta y mira a la escuálida Teodora, que sigue sonriéndole. Sandra ha visto a muchas personas sin sonrisa, pero aquélla es sin duda una sonrisa sin persona.

Al acostarse siente de nuevo una ligera punzada en el brazo donde lleva el catéter. Comprueba como las gotas caen rítmicamente y respira tranquila. El escozor de la sal en la piel, le da la vida. Cierra los ojos. Una suave brisa le acaricia las mejillas. El océano corre por sus venas, un día más.

Imagen: Jean Seberg en Al Final De La Escapada
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Terrazas

terrazas

entre el arrozal
un espantapájaros
que no madura

Imagen: Yuanyang, Global Post

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Desayunarse

robertfrank

El hombre del pijama rojo escurre la humeante bolsita de té, que enroscada en la cucharilla, derrama la sustancia mentolada. “Unas gotitas de leche condensada dulcificarán el carácter de la infusión y también mi día”, piensa el hombre del pijama rojo, el mismo que dentro de una hora, vestido con su mejor traje negro disolverá el ínfimo asunto pendiente. Bebe de un solo trago, escaldándose la garganta.

La mujer del pijama celeste echa dos terrones de azúcar al café. Los porosos cubitos flotan en la superficie de la taza, para un instante después, desaparecer engullidos por el líquido tostado. “Pura ironía”, piensa la mujer del pijama celeste, la misma que dentro de una hora, enfundada en un vestido amarillo firmará la disolución de su matrimonio. Bebe a pequeños sorbos, deleitándose en su amargura.

“Esto del amor no tiene ninguna lógica”, ha afirmado el hombre del traje negro mientras estampaba su nombre en el documento.

“Es lo más coherente que te he escuchado decir nunca”, ha susurrado la mujer del vestido amarillo mordiéndose el labio.

Y en diez minutos, la espesa bruma formada alrededor de la pareja durante años, se ha disipado en el aire.

“Aún quedan dos horas para la salida de mi vuelo, ¿tomamos algo?”, pregunta el hombre del traje negro al salir del notario.

“No sé tú, pero yo voy a tomarme la vida de otra manera”, responde la mujer del vestido amarillo desapareciendo entre el gentío.

“Tomaré lo mismo que ella”, afirma el hombre del traje negro esperando un taxi que le lleve al aeropuerto.

Imagen: Robert Frank
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Pervivencia

pervivencia

—Papá, ¿cuál dijiste que era? —pregunta el niño asomado a la ventana.

—¿Ves ese gran punto radiante que parpadea allí, a la derecha? —señala su padre con el dedo tembloroso—. Siempre nos guiará.

—Pero qué estrella tan bonita —responde el pequeño—. Ahora ya entiendo las palabras que leíste en la iglesia. Anda, papá, repítelas otra vez.

—Lo que brilla con luz propia nadie lo puede apagar, hijo mío.

El chico observa como el centelleo se vuelve más intenso. ¡Hola, mami!, exclama agitando la mano al cielo, reconfortado.

Imagen: Duane Michals
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Incandescencia

incandescencia

El cielo encapotado teñía la ciudad de gris. La niña cerró los ojos e imaginó el sol hasta encenderlo. Movió las aletas de la nariz y sonrió orgullosa: empezaba a oler a nubes quemadas.

Imagen: Photodoto
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El sustituto

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Como cada lunes Ramón se pasa a comer a casa de Gertrudis. Antes de tamborilear con los nudillos en su puerta ya se percibe la fatigosa respiración de la dueña.

— ¡Soy yo, mamá!, vocea tal y como a ella le gusta.

—Llegas tarde, hijo. —dice nada más abrirle—. Te veo más delgado que ayer. Parece que has tomado el sol. No sé por qué te has alisado el pelo. Con los rizos tan bonitos que tú tienes. Anda pasa al comedor y siéntate. Ahora te pongo la comida. Hoy he hecho una crema de aguacate con tropezones. Espero que te guste.

Bajo la atenta mirada de Gertrudis, Ramón deja vacío el apetitoso cuenco de crema, jamón y tomate no sin antes echarse una mancha en la camisa.

—¡Maldita sea! — exclama Ramón—. Es una de las mejores que tengo. Si no la mejor. Y esta tarde tengo que volver al despacho.

Gertrudis desaparece un momento de la habitación para regresar con una camisa limpia en la mano.

—Toma, cámbiate. Siempre ha sido una de mis preferidas. Te queda perfecta. Deja que me encargue de lavar la sucia. Con mi jabón de tajo la mancha se irá seguro. Quedará como nueva, ya la verás cuando vuelvas mañana.

—Te lo agradezco, mamá. No hace falta que sea tan pronto. Dámela el lunes que viene, por ejemplo. Ahora debo volver al trabajo enseguida. Ya sabes, mucho papeleo.

—No se hable más. Mañana mismo tienes tu camisa impecable. Hasta entonces, corazón.

La buena de Gertrudis le llena de besos. Le acaricia el pelo. Le peina las cejas. Le recoloca el cuello de la camisa de leñador. Se emociona. Le abraza. Se besan.

—Cuídate mamá —se despide Ramón suficientemente manoseado.

Cuando Ramón entra al ascensor no puede evitar un grito ahogado. El espejo no miente. Pulsa al sexto piso, donde vive con su mujer. Laura se parte de la risa al verle llegar de semejante guisa.

—No puedo salir con estas pintas —se apresura a decir Ramón—. La camisa de Juan Luis está un pelín pasada de moda.

—Y tanto —contesta Laura entres risas—. Como mínimo tiene los mismos años que hace que murió él.

—Pues unos siete u ocho. Todavía no entiendo como se pudo aprobar semejante asunto en una reunión de la comunidad —asevera Ramón—. Si la vecina se siente sola desde que Juan Luis falleció, no es de nuestra incumbencia. A veces me siento mal, no me gusta engañarla. Además, como si no hubiera otros problemas más importantes que solventar. Las filtraciones que hay en el garaje, por ejemplo.

Ramón empieza a sentir picores bajo la prenda de franela. Se rasca con fruición .

—Su demencia es muy avanzada y Gertrudis no tiene familia —responde Laura intentando conmover a su marido—. La conocemos hace mucho tiempo. Estamos haciendo una labor social. Piensa que solo son los lunes, cuatro días al mes. Si no me equivoco, mañana le toca bajar a comer a su casa a Sergio ¿no?

—Eso es lo que más me fastidia de todo —responde enojado—.  Prepárate para ver presumir al vecino del séptimo con la camisa de seda que me compré para nuestra boda.

Imagen: Albert Finney en Saturday Night Sunday Morning

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De la derrota

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El cabo Samuel ha permanecido inmóvil durante la noche debajo del cadáver de su sargento. Le ha servido, a modo de parapeto, para ser el único superviviente en el ataque a la trinchera. Las bombas han estallado con la misma naturalidad con que un puñado de granos de maíz revientan en el microondas. Está amaneciendo y las voces enemigas se disipan en el caos de la batalla. El joven soldado aparta con delicadeza el cuerpo de su superior dejándolo a un lado. Tras rezar un padrenuestro en señal de respeto al pelotón desaparecido, Samuel abandona la zanja. Desorientado va en busca del resto de la tropa.

A media mañana el calor empieza a ser sofocante. Se detiene para quitarse el sudor de la frente con el pañuelo que lleva atado al cuello. Después lo chupa para calmar la sed, sin éxito. Reanuda la marcha. Los maltrechos pies le arden dentro de las botas.

Tropieza con combatientes horriblemente mutilados, algunos son compañeros de su destacamento. Tiene que pararse varias veces a vomitar. Escucha los gemidos de un oficial, como un animal herido, que pronto se ahogan en ráfagas de fuego. Fuego. El bombardeo se ha reiniciado. Camina a tientas. Ni siquiera sabe cuál es su posición en el mapa. El humo se le mete en la garganta, no deja de toser.

Unos metros más adelante encuentra una granada aún sin utilizar. Quita el seguro y arroja la bomba con furia hacia un montículo de escombros. La explosión deja en el aire una polvareda pesada y densa. Samuel llora sin consuelo. En algún punto del vasto horizonte se está librando una guerra que le pertenece. Que otros dijeron que le pertenecía.

Continúa andando sin rumbo hasta que ve un pequeño objeto que refleja la luz del sol. Atraído por la curiosidad del niño que descubre un juguete nuevo, se acerca para coger una cajita de plata. Agotado, se sienta en el suelo y abre la lengüeta de metal. La caja no contiene píldoras como él pensaba sino arena, solo arena fina y dorada, pero la sensación que experimenta Samuel es indescriptible. Vuelca en la mano las partículas brillantes, un pellizco de playa que se escapa entre los dedos. Enseguida se le mete en la nariz el olor del mar mediterráneo, de su añorado hogar. Cierra los ojos quedándose absorto. De manera fugaz llega a sus oídos el eco de una bala solitaria. El proyectil le atraviesa la cabeza.
Lo último que percibe el soldado antes de morir es el regusto amargo de su sangre, de la derrota.

Imagen: Getty
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Febrero

febrero

más horas de luz
las flores del almendro
a pinceladas

Imagen: Kirk Douglas en El Loco del Pelo Rojo
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Lovers

lovers

Cómo no te voy a querer, si antes te echaba de menos y ahora te estoy echando de más.

Imagen: Julie V
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Vacaciones

A golpe de zapatilla clavó el cuadrito marino en la pared del baño. Después vació un frasco de sales en la bañera y se sumergió en el mar.

Imagen: Favim
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